jueves, 10 de julio de 2008

La fuente del amor

"El hombre y la mujer, después de casados, ya no son dos sino una sola carne.
Separarse
después de semejante unión quiere decir suicidarse, desangrándose. Significa la muerte.

Para que la unión conyugal se mantenga, no existe otra corriente cohesiva que el amor: pero un amor que viene del amor de Dios, que es superior a las vicisitudes de la naturaleza y a los estados de ánimo de los hombres.

Si miro mi vida puedo decir que el matrimonio tiene éxito en la medida en que se vive este amor.
Su valor reside ante todo en esto, y no en las cuentas bancarias, en el bienestar, en el éxito, y ni siquiera en poseer un aspecto físico inmejorable y agradable.
Cuando, apagada la atracción física que se había confundido con el amor, desaparece el espíritu que lo vivifica, el matrimonio se transforma en la tumba del amor.

Amarse cada día más, no hacer caso de los defectos, no hacer caso de los desaires, perdonar siempre, volver a amarse siempre… Entonces la vida se vuelve gozo. Mientras que la indiferencia, el egoísmo, ¿para qué sirven? Sirven para crear el infierno en la tierra.

Dos esposos que pierden el tiempo en no amarse son dos criaturas que pierden el tiempo en morir.

En cambio si se aman, Dios pasa entre ellos.
Por eso su casa se transforma en una casa de felicidad, incluso entre las pruebas más duras"
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1 comentario:

Anónimo dijo...

Ah...... qué hermoso!!!Para los fundadores de este blog y sus seguidores, compartiré un "descubrimiento" que hice hace algunos años y va en consonancia con lo publicado por ustedes: ¡El matrimonio es sagrado!!! Pero nadie lo sabe con certeza. Uno oye esas fórmulas de casamiento en primera persona, cuando en realidad ¿quién puede afirmar algo de sí mismo? ¿Cómo puede "uno" prometer amor eterno? "Me comprometo a pedirle amor a Dios para amarte como Dios te ama, cada día, por el resto de mi vida, y a aceptar que me ames, no como quiero ser amada, sino como Dios quiere que yo sea amada eternamente"....algo así deberían ser los votos de este sacramento. Para poner al que sí puede cumplir las promesas en el lugar que le corresponde, y confiar en Su Divina Providencia, para la maravillosa escuela de santidad (osea, la mayor felicidad posible) que puede ser el matrimonio. Amén. Ceci